Evocación
De Con textos
Uno de los tópicos literarios más frecuentes en la poesía es el conocido como "ubi sunt", es decir, la pregunta sobre lo que el tiempo se ha llevado irremediablemente.
Un ejemplo de este tópico son estos versos de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique:
¿Qué se hicieron las damas,
sus tocados y vestidos,
sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar,
aquellas ropas chapadas
que traían?
También son un ejemplo claro de la evocación de lo que ha desaparecido los siguientes versos de la Égloga I de Garcilaso de la Vega:
¿Dó están agora aquellos claros ojos
que llevaban tras sí, como colgada,
mi ánima doquier que ellos se volvían?
¿Dó está la blanca mano delicada,
llena de vencimientos y despojos
que de mí mis sentidos le ofrecían?
Los cabellos que vían
con gran desprecio al oro,
como a menor tesoro,
¿adónde están? ¿Adónde el blando pecho?
¿Dó la columna que el dorado techo
con presunción graciosa sostenía?
Aquesto todo agora ya se encierra,
por desventura mía,
en la fría, desierta y dura tierra.
Un rasgo lingüístico típico de este tópico es el demostrativo que señala algo que que sólo está en el recuerdo: "aquel trovar", "aquel danzar", "aquellos claros ojos"...
Este procedimiento lingüístico también se usa en prosa para evocar aquello que el tiempo se ha llevado irremediablemente:
Miénteme, dime que cabalgando aquel caballo de cartón podré atravesar el horizonte. Miénteme, dime que en algún lugar del mundo existe aquella bicicleta roja que de chaval me llevaba a la playa cuando todavía fingía creer en los reyes magos. Miénteme, dime que con aquella primera pluma estilográfica, ya extraviada, aun podré escribir poemas y libros de viajes, llenos de aventuras. Miénteme, dime que no ha desaparecido de aquel valle el huerto de manzanos donde había vestigios de un altar dedicado a la diosa Diana y que no acabarán nunca aquellos placeres que en la juventud nos hacían inmortales. Miénteme, dime que, desafiando este tiempo sucio, no acabaré agachando la cerviz y tragando al final con todo, sonriendo a los poderosos imbéciles, dando la razón a los que me impidan soñar en ríos incontaminados, en fuentes limpias donde bailan las ninfas en verano bajo la acérrima potencia del sol. Miénteme, dime que con aquella escopeta, que tenía un tapón de corcho, podré abatir todavía un ave del paraíso y llenar de colores tu destino con los lápices Alpino. Miénteme, dime que me quieres. Este es el último juguete de los magos. (Manuel Vicent, Juguetes)

